Hay ciudades que tienen una banda sonora implícita, grabada a fuego en el metal de sus estructuras y en el ADN de sus calles. Para mí, Ferrol siempre ha sonado a graves profundos, a una percusión constante y metálica que evoca su inconfundible pasado naval e industrial. Quizás por eso, cuando decidí que era el momento de dar un paso más en mi relación con la música y cambiar la mesa de mezclas por algo más orgánico, supe que el destino para encontrar mi primer bajo eléctrico en Ferrol no podía ser otro. Necesitaba un instrumento con cuerpo, madera y alma, capaz de marcar el pulso del mismo modo que el latido industrial define a esta histórica ciudad del norte de Galicia.

Mi viaje por la AP-9 hacia el norte fue una desconexión total. Dejar atrás las pantallas de la oficina y la vorágine diaria para adentrarme en los paisajes más abruptos de las Rías Altas ya es, de por sí, un preludio perfecto para cualquier proceso creativo. Al llegar a Ferrol, esquivé las grandes superficies y me dirigí directamente al barrio de A Magdalena. Quería una tienda con solera, de esas donde el dueño te atiende detrás de un mostrador de madera desgastada y te habla de marcas, pastillas y amplificadores con la pasión de quien custodia un templo de la vieja escuela.

Al cruzar el umbral del local, me recibió ese aroma tan característico a madera de arce, colas de luthier y fundas de cuero. Y allí, colgado en la pared principal entre guitarras clásicas y amplificadores de válvulas, estaba él. Fue un flechazo instantáneo. Era un bajo de cuatro cuerdas, con un cuerpo robusto de aliso en un acabado sunburst clásico que dejaba ver las vetas de la madera, y un mástil de arce que prometía un tacto suave y rápido.

El tendero, un músico veterano de la escena local, me lo ofreció sin prisa. Me senté en un taburete alto, me colgué la correa al hombro y sentí el peso real del instrumento sobre mi regazo. La primera pulsación al aire de la cuerda Mi inferior inundó la pequeña tienda de una vibración tan profunda que pareció resonar en mis propios huesos. Tenía un sonido gordo, rústico, con un sustain natural increíble y ese carácter atlántico que tanto buscaba. Pasé casi una hora probando diferentes configuraciones de las pastillas, dejándome llevar por el ritmo, mientras el dueño me daba valiosos consejos sobre el ajuste de la acción y el cuidado del diapasón.

La decisión estaba tomada. Salir de la tienda con la funda acolchada a la espalda, caminando bajo la luz gris de la tarde ferrolana, me hizo sentir una satisfacción inmensa. Comprar este bajo eléctrico aquí no ha sido una simple transacción comercial; ha sido una experiencia de búsqueda y conexión. Al regresar a casa y conectar el instrumento por primera vez, me di cuenta de que cada vez que pulse esas cuerdas gruesas, no solo estaré tocando música, sino evocando la fuerza, el metal y el pulso inquebrantable de los astilleros de Ferrol.