La cirugía veterinaria Gondomar me sonaba a un equipo de profesionales con batas muy limpias y caras de científicos locos, pero resultó ser algo mucho más amable y fascinante de lo que imaginaba. He recorrido varias clínicas en busca de la mejor opción para mis mascotas y, en ese periplo, descubrí cómo la medicina veterinaria ha dado saltos espectaculares en los últimos años, con técnicas antes impensables que hoy se aplican de forma rutinaria para salvar la vida de nuestros queridos peludos. La ciencia avanza tan rápido que, en cuestión de nada, lo que antes era una operación compleja y riesgosa ahora se realiza con total naturalidad, y con un índice de éxito que tranquiliza a los dueños más nerviosos.

He visto quirófanos adaptados con equipamiento que parece sacado de una nave espacial: monitores de signos vitales, lámparas quirúrgicas de alta precisión, aparatos de respiración asistida y profesionales que se comunican con la mascota con una ternura sorprendente. Cuando me enteré de que ciertos centros utilizaban técnicas de laparoscopia para resolver problemas internos sin necesidad de incisiones grandes, me quedé boquiabierto. Algo tan sencillo como extraer un cuerpo extraño o esterilizar a una hembra, evitando cicatrices enormes y reduciendo la convalecencia, me parece digno de un guion de ciencia ficción. Lo mejor es que, además, el animal sufre menos dolor y puede recuperar la rutina en poco tiempo. Incluso he visto propuestas de rehabilitación con fisioterapia y masajes postoperatorios que, según los veterinarios, aceleran la cicatrización y mejoran la movilidad.

He llegado a conocer historias curiosas de perros que se tragaron piedras, gatos que parecían ninja y se lastimaron saltando desde un tejado, y conejos que requerían cirugías dentales específicas. Me llamó la atención cómo, lejos de ser una excepción, estos sucesos se atienden en clínicas especializadas con una familiaridad asombrosa, casi como si tratar con conejos voladores fuera el pan de cada día. Lo cierto es que la demanda de servicios veterinarios sigue creciendo, y con ella, la necesidad de profesionales que dominen las últimas técnicas de intervención. He escuchado anécdotas sobre prácticas de microcirugía, implantes ortopédicos y hasta transfusiones de sangre entre animales con total normalidad, algo que en otros tiempos habría sido considerado poco menos que un milagro veterinario.

He sentido un gran alivio al comprobar que estos avances no se centran únicamente en la fase operativa, sino que cuidan a la mascota desde el momento en que entra a la clínica, pasando por el preoperatorio y la anestesia, hasta llegar al posoperatorio, donde se supervisa cada detalle para evitar complicaciones. Los veterinarios insisten en la importancia de escoger un equipo profesional, pues no se trata solo de equipamiento moderno, sino de que la persona que lo maneja tenga la formación y la experiencia necesarias para reaccionar ante cualquier imprevisto. En una ocasión, un perro de un familiar tuvo una insuficiencia respiratoria durante una operación y pudo salvarse gracias a la pericia de la veterinaria, que ajustó de inmediato la dosis de anestesia e inició la ventilación adecuada. Si eso no hubiera ocurrido en un centro con personal cualificado, tal vez la historia habría sido más triste.

He notado que también existe una gran preocupación por los cuidados posteriores. Se acabó aquello de operar al animal y mandarlo a casa con un par de analgésicos y buena suerte. Ahora hay protocolos de seguimiento en los que se explica detalladamente cómo controlar la cicatriz, qué medicación darle, qué tipo de alimentación es la más conveniente y cómo retomar gradualmente la actividad física. En los casos más complicados, se efectúan visitas regulares al veterinario para verificar que todo avanza según lo previsto. Me parece una forma mucho más completa de cuidar a los animales, evitando recaídas y convirtiendo a los dueños en auténticos aliados del proceso de recuperación. El uso de tecnología de diagnóstico también es impresionante, desde ecografías con equipos portátiles hasta radiografías digitales que permiten una visualización clara y precisa del problema.

He conversado con varias personas que han pasado por la experiencia de operaciones complicadas y la mayoría coincide en que la atención recibida marcó la diferencia. No es solo el hecho de contar con máquinas de última generación, sino el cariño y la empatía con que el personal trata a los pacientes de cuatro patas. Una gatita que tenía un tumor en el abdomen recibió una cirugía delicada, seguida de radioterapia. La dueña me confesó que la clínica se convirtió en su segundo hogar durante esos meses, porque sentía que su mascota era cuidada con tanta dedicación que se relajaba un poco incluso en medio de la angustia. Y la gata, al parecer, correspondía con ronroneos a diestro y siniestro, como agradeciendo el esfuerzo de todo el equipo.

A veces me pregunto qué pasará dentro de unos años, cuando estas técnicas de vanguardia sean el pan de cada día y se desarrollen otras aún más punteras. Quizás nos encontremos hablando de implantes biónicos para mascotas que perdieron una extremidad, o de terapias genéticas que corrijan problemas congénitos antes de que aparezcan los síntomas. Mientras tanto, me alegra saber que, si tu perro, gato o conejo se mete en un lío, existen posibilidades cada vez mayores de recuperarlo con un buen plan quirúrgico y un cuidado posoperatorio digno de un hotel cinco estrellas. El mundo avanza a pasos gigantes, y la medicina veterinaria no se queda atrás en la carrera por dar a nuestros fieles compañeros la vida larga y feliz que merecen.